Photo: Simon Zabell

Photo: Simon Zabell

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I haven’t painted seriously with oils for years and a few weeks back, when I mentioned to an artist friend that I was thinking of perhaps going back to oil colours for my next project – which I will be writing about shortly – she said she was no longer using oils herself and that she had a box full of old colours that I was welcome to use if they hadn’t gone dry. The box turned out to be two boxes and the oils far from being dry, turned out to be a fabulous collection of Rembrandt colours that have been giving me gratuitous joy for a couple of weeks now; though I confess I sometimes feel like I’m being unfaithful to my primary colours.

I had been using acrylics for so long that I’d forgotten what it feels like to be able to play around with paint in that manner, modelling it into different shapes, dragging it and dissolving it with white spirit as you please. I have spent two weeks painting with the oils on canvas with no particular intent other than to give shape to whatever comes into my head, just like my kids do when they use play-doh: “this is a goat… no, wait! It’s a car now… but I think I’ll turn it into a robot… “.

Enjoying the pleasure of painting in that way brought to my mind something I read in Musicophilia, Tales of Music and the Brain, a fascinating book by Doctor Oliver Sacks, who I became a fan of after reading The Man Who Mistook His Wife for a Hat. Dr Sacks mentions a study that came to prove that whistling, humming, or simply recreating music in one’s head, activates the same regions of the brain as actually listening to music; which leads us to believe that it causes a similar joy or pleasure.

Painting, in opposition to sculpting, working on an installation or designing for architecture, is a pleasurable activity as is playing a musical instrument. So my point here is: How does the experience of looking at paintings compare between those who have painted and those who haven’t? Those of us who have painted are undeniably reliving the experience and joy of doing so when we look at a painting, in a way that must be similar to the brain that is recreating music, whilst to those who have never wet a brush in bright yellow paint and extended it on a canvas, a yellow mark on a canvas is just… a yellow mark on a canvas, not a complex experience to be identified with that is accompanied by memories of pleasure but also of frustration and battle against one’s self.

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You can order a copy of Musicophilia, Tales of Music and the Brain, the mentioned book by Oliver Sacks, by clicking here.

 

Photo: Elena Carcedo

Photo: Elena Carcedo

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No he pintado en serio con óleos desde hace años, pero hace pocas semanas cuando mencioné a una amiga artista que estaba pensando en quizás volver a los óleos para mi próximo proyecto –-del que hablaré en breve- me contestó que ella ya no usaba óleos y que tenía una caja llena de antiguos colores que podía utilizar si no estaban secos. La caja resultó ser dos cajas y los óleos, lejos de estar secos, resultó ser una fantástica colección de colores Rembrandt que me han dado ya unas dos semanas de goce gratuito; aunque confieso que a veces siento que estoy siendo infiel a mis colores primarios.

Llevo tanto tiempo utilizando acrílicos que se me había olvidado lo que se siente al poder jugar con la pintura de esa manera, modelando diferentes formas, arrastrando la pintura y disolviéndolo con trementina a placer. He pasado dos semanas pintando con los óleos sobre lienzo sin ninguna intención en especial más allá de dar forma a lo que se me pasara por la cabeza, como hacen mis hijos cuando juegan con plastilina: “esto es una cabra… no ¡espera! ahora es un coche… pero creo que lo convertiré en un robot… “.

Disfrutar de esa manera del placer de la pintura me hizo recordar algo que leí en Musicofilia, relatos de la música y el cerebro, un fascinante libro del doctor Oliver Sacks, de quien me hize fan después de leer El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. El doctor Sacks menciona un estudio que vino a demostrar que silbar, tararear, o simplemente recrear música en la cabeza, activa las mismas regiones del cerebro que escuchar música; lo cual nos lleva a concluir que causa similar placer o goce.

Pintar, al contrario de esculpir, trabajar en una instalación o proyectar una arquitectura, es una actividad placentera como lo es tocar un instrumento musical. A donde quiero llegar es a lo siguiente: ¿cómo comparan las experiencias de mirar la pintura de aquellos que han pintado y aquellos que no lo han hecho nunca? Las personas que han pintado innegablemente están reviviendo la experiencia y el goce de hacerlo cuando miran una pintura, de un modo que debe ser similar a ese cerebro que está recreando la música; mientras que para aquellos que nunca han mojado una brocha en pintura amarillo chillón para extenderla en un lienzo, una marca amarilla en un lienzo es simplemente… una marca amarilla en un lienzo, no una experiencia compleja con la que identificarse, que se acompaña de recuerdos de placer pero también de frustración y de batalla contra uno mismo.

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Puedes encargar una copia de Musicofilia, relatos de la música y el cerebro, el libro que he mencionado del doctor Oliver Sacks, pinchando aquí.

 

Photo: Simon Zabell

Photo: Simon Zabell