On my Sunday run this morning making a second attempt at an incursion into the mountainsides of Sierra Nevada – Spain not California – trying to reach the village of Monachil, where I would meet up with my family who were waiting there for me with dry clothes and coffee. Most of the climbing was over and I was jogging along at quite a good speed in that state of mind that only running can bring – your body and mind seem to have come to a non-aggression pact and can each get on with its business – when I came across an old stone construction surrounded by a bunch of official looking signs telling me to keep out.

I reluctantly did as I was told and made my way around the construction trying to get a better view of the inside. The view didn’t improve much but I encountered a tiny little lap dog with perfectly kept hair and a pink ribbon tied to its head followed by its owner, a tall man about my age who turned out to be very friendly. He answered my questions with local pride telling me that these were the ruins of a very very very old construction. I took these pictures with my phone and went back to my running, now even faster than before… this all looked interesting but coffee was my main priority.

Turns out that the guy with the dog was right to say very three times; what I had come across was an archaeological site named Cerro de la encina, that enclosed a four thousand year old settlement belonging to the Argaric culture that briefly dominated the South-East of the Iberian Peninsula due to its early adoption of bronze. A man can’t even go for a run without being overwhelmed by things done by people who ran around that place before him… long before him.

 

 

 

monachil_argarico

 

argaric_site_granada

 

argaric_settlement_monachil

 

 

 

Esta mañana en mi carrera de los domingos hacía un segundo intento en una incursión por las faldas de Sierra Nevada por llegar al pueblo de Monachil, donde me encontraría con mi familia que me esperaba con ropa seca y café. Lo peor del ascenso ya había pasado e iba a una buena velocidad de crucero disfrutando de ese estado mental que solo puede traer el correr – tu cuerpo y tu mente parecen haber llegado a un pacto de no agresión y cada uno puede dedicarse a sus asuntos – cuando me topé con una vieja construcción de piedra rodeada de un puñado de señales de aspecto oficial que me invitaban a no pasar.

Obedecí con renuencia y rodeé la construcción buscando una mejor vista del interior. La vista no mejoró mucho pero me crucé con un diminuto perro faldero con su pelo perfectamente limpio y ordenado y un lazo rosa en la cabeza seguido de su dueño, un hombre alto de una edad parecida a la mía que resultó ser muy agradable. Respondió a mis preguntas con orgullo local, diciendo que aquellas eran las ruinas de una construcción muy muy muy antigua. Hice estas fotos con mi teléfono y volví a mi carrera, ahora con más intensidad que antes… todo esto parecía muy interesante pero mi prioridad era ese café.

Resulta que el tío del perro tenía razón al decir tres veces muy; lo que me había encontrado era un yacimiento arqueológico conocido como el Cerro de la encina, consistente en los restos de un poblado de hace cuatro mil años perteneciente a la cultura Argárica, que dominó brevemente el sureste de la Península Ibérica dada su temprana adopción del bronce. Ni a correr se puede ir sin acabar sobrecogido por lo que han hecho otros que han corrido por ese mismo sitio antes… mucho antes.