As I pedalled away cycling to my teaching job today, I sought consolation in the thought of how the initial frustration of not being able to go to the studio often evolves into an interesting exchange with my students that ends up in an experience we all benefit from. I pulled into the art school enclosure, swerved round in front of the little building that contains my office with skill and elegance as you do when you’ve done it a thousand times before, braked, swung my right leg over the saddle to get off and leaned the bike on the wall by the entrance.

 

I unlocked the door that gives way to a corridor that leads to my office, took off my sunglasses, pushed the door open and… There it was! At first I thought it was my eyes that needed to get used to the dimmer light, but no, it was real, on the wall; that little strip of rainbow, that element of decomposed light that has become the only word in my current pictorial language. Why is it haunting me? What is it trying to tell me?

 

I looked around as if I expected to encounter someone, the person who had put it there perhaps, and then looked out of the door towards the bright sunlight. My gaze encountered the orange reflector on the front wheel of my bike, an insignificant piece of plastic that had created a moment of intense and magical beauty just like the alchemist turned faeces into gold.

 

I locked up my bike and went off in search of my students reassured by the thought that my language may be a language with only one word, but it is the most beautiful word.

 

 

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Según pedaleaba y hacía el camino en bicicleta a mi trabajo en la Facultad esta mañana, buscaba consuelo pensando en cómo la frustración de no poder ir al estudio a menudo se convierte en un interesante intercambio con mis estudiantes que acaba en una experiencia de la que podemos beneficiarnos todos. Entré en el recinto de la Facultad de Bellas Artes, giré la bicicleta delante del pequeño edificio que contiene mi oficina con destreza y elegancia como sólo puede hacerlo quien lo ha hecho mil veces antes, frené, pasé mi pierna derecha por encima del sillín para bajarme y apoyé la bicicleta en el muro junto a la entrada.

 

Giré la llave en el cerrojo de la puerta que da al pasillo de mi despacho, me quité las gafas de sol, abrí la puerta de un empujón y… ¡Ahí estaba! Primero pensé que era mi vista que necesitaba acostumbrarse a la luz más tenue, pero no, era real, sobre el muro: esa pequeña tira de arco iris, ese elemento de luz descompuesta que se ha convertido en la única palabra de mi actual lenguaje pictórico. ¿Por qué me persigue? ¿Qué intenta decirme?

 

Miré a mi alrededor como si esperase encontrarme a alguien, la persona que lo había puesto allí quizás, y luego miré por la puerta hacía la deslumbrante luz del sol. Mi mirada se encontró con el reflector naranja de la rueda delantera de mi bicicleta, un insignificante trozo de plástico que había creado un momento de belleza intensa y mágica del mismo modo en que el alquimista convertía las heces en oro.

 

Até la bicicleta y me fui en busca de mis estudiantes reconfortado por el pensamiento de que mi lenguaje puede que contenga una sola palabra, pero es la palabra más hermosa.

 

 

 

 

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Photos: Simon Zabell