In Fellini’s film Roma, after a hilarious succession of autobiographical youth anecdotes, and just as the movie begins to get a bit long-winded as Fellini films do, something breathtaking happens: His film crew is called into a half burrowed metro tunnel because the tunnelling machine has broken into something unexpected, and purely by chance they become the first people in two thousand years to enter a perfectly preserved Roman villa that has somehow survived underground, frozen in time.

As Fellini’s chosen ones walk around the house shining their torches on the fresco paintings covering its walls, they seem to be almost expecting the original inhabitants to appear at any moment, but instead something more surprising happens when right in front of their eyes the revealed paintings begin to fade and disappear. Contact with their presence puts an end to a time travel that could not be. But instead of feeling impotent and frustrated by the fact that these paintings must be lost forever in order to be seen, one feels awed by the poetic intensity of this moment, the beauty not of the paintings themselves, but of the fact that they are irretrievable lost now that they’ve been seen, and awed also by the implications this has for the art and place of painting.

Paintings and sculptures are physical and once they’ve been created they are here to stay, but Fellini’s paintings behave like theatre, music or performance in the sense that once they have been experienced they live on only in the viewers memory, and the duration and intensity of their permanence there will depend purely on the quality of the impression made on him or her; a fair judge.

 

 

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Film still from Federico Fellini’s Roma. Image: www.architecturenorway.no

 

 

En Roma, la película de Fellini, tras una sucesión de desternillantes anécdotas autobiográficas de juventud, y justo cuando la película empieza a hacerse un tanto pesada como suele suceder con Fellini, ocurre algo que corta la respiración: Su equipo de filmación es llamado a un túnel de metro en construcción por unos obreros que aseguran que la tuneladora ha topado con algo inesperado, y de pura casualidad se convierten en las primeras personas en dos mil años en pisar una villa romana perfectamente conservada bajo tierra, congelada en el tiempo.

Según los elegidos de Fellini pasean por la casa, iluminando con sus linternas las pinturas al fresco que recubren las paredes, parecen estar esperando que sus habitantes originales aparezcan en cualquier momento, pero en su lugar ocurre algo mucho más sorprendente cuando delante de sus ojos las recién reveladas pinturas comienzan a palidecer y desaparecer de los muros. El contacto con su presencia pone fin a un viaje en el tiempo que podía ser. Pero en vez de sentirse uno impotente y frustrado por el hecho de que estas pinturas tengan que desaparecer para siempre para poder ser vistas, uno siente una especie de reverencial asombro por la intensidad poética de este momento, por la belleza no de las pinturas sino del hecho de que se hayan perdido irremediablemente ahora que han sido vistas, y asombrado también por las implicaciones que ésto tiene para el arte y el lugar de la pintura.

Las pinturas y las esculturas son físicas y una vez creadas están para quedarse, pero las pinturas de Fellini se comportan como el teatro, la música o la performance en el sentido de que una vez que han sido experimentadas pueden vivir únicamente en la memoria del espectador, y la duración e intensidad de su permanencia allí dependerá puramente de la calidad de la impresión que le haya causado; una justicia justa.

 

 

 

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Film still from Federico Fellini’s Roma. Image: www.architecturenorway.no

 

 

 

 

Vanishing paintings scene from Roma / La escena de las pinturas que se esfuman de Roma: